Salí de mi cuerpo. O eso creí.
Eran las tres de la mañana. No podía moverme, pero sentía que estaba de pie al lado de mi cama, mirándome dormir. No sé si fue un sueño. Sé que fue real.
Eran las tres de la mañana. No podía moverme.
Sentía el cuerpo completamente quieto, pero había algo —yo, o lo que fuera— parado al costado de la cama, mirando hacia abajo. Hacia mí.
No tenía manera de clasificarlo mientras pasaba. Fue después, buscando, que encontré el nombre: parálisis de sueño.
Dentro de ese estado, algunas personas reportan lo que describen exactamente como un viaje fuera del cuerpo. La ciencia les llama experiencias extracorporales y las estudia en serio. No las descarta.

No voy a decirte que viajé a otra dimensión. Tampoco voy a decirte que fue “solo química cerebral”. Las dos versiones cierran algo que todavía no entiendo del todo.
Lo que sí puedo decirte es que algo en esa experiencia cambió la manera en que entiendo la conciencia. Ya no como algo que vive dentro del cuerpo y punto. Sino como algo que, en ciertos estados, parece no respetar esos límites con tanta claridad.
Hay personas que practican esto de forma intencional. Le llaman proyección astral, viaje consciente, exploración onírica. Tienen técnicas, tienen comunidades. No son todos personas crédulas. Algunos son muy metódicos en el registro de lo que viven.
Lo que me resulta interesante de todo esto no es la etiqueta. Es la pregunta que dispara: ¿qué tan fijos son los límites de lo que percibimos como “yo”?
Si tuviste una experiencia parecida —esa sensación de flotar, de observarte desde afuera, de estar en dos lugares a la vez— no estás raro. Estás en territorio que mucha gente exploró y que todavía no tiene respuesta completa.
Y si el territorio de los sueños te llama en general, hay algo más sobre eso en este post sobre los sueños que siempre vuelven.
¿Alguna vez sentiste que tu mente estaba en un lugar y tu cuerpo en otro? ¿Lo nombraste de alguna manera?
Los escritos en este blog reflejan mis experiencias personales y opiniones. No están basados en la vida de nadie en particular. Si encuentras similitudes con tu propia experiencia, es coincidencia — todos compartimos más de lo que creemos.
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