¿Quién sos vos para escribir esto?
Antes de publicar algo, hay una pregunta que aparece sola. No la invitás. Llega y se instala: ¿quién soy yo para escribir sobre esto?
Antes de publicar algo, hay una pregunta que aparece sola.
No la invitás. Llega y se instala:
¿Quién soy yo para escribir sobre esto?
No soy terapeuta. No soy autor publicado. No soy experto con credenciales enmarcadas en la pared. Solo soy alguien que leyó algunas cosas, vivió algunas otras, y tiene una opinión.
¿Eso alcanza?

De dónde viene la pregunta
Esa voz tiene nombre. Se llama síndrome del impostor.
Y en escritores novatos es casi universal. Aparece porque comparamos nuestro inicio con el resultado de alguien más. Vemos el libro publicado de un autor y lo comparamos con nuestro borrador lleno de tachaduras. Vemos el blog con miles de lectores y lo comparamos con nuestra página nueva sin visitas.
La comparación no es justa. Nunca lo es.
Lo que estás viendo de los demás es el producto final de años de trabajo, de errores que no publican, de textos que tiraron, de versiones que reescribieron veinte veces. No es su punto de partida. Es su kilómetro cuarenta.
Vos estás en el kilómetro dos. Y está bien.
El error de esperar el permiso
La mayoría de las personas que quieren escribir creen que necesitan algo antes de poder hacerlo:
- Más conocimiento sobre el tema.
- Más experiencia vivida.
- Un título, un curso, una certificación.
- Que alguien más les diga que ya están listos.
Eso no llega. O si llega, cuando llega ya hay otra razón para esperar.
Porque el permiso para escribir no lo da nadie. Lo tomás.
Y la única forma de tomarlo es escribiendo algo, publicarlo, y sobrevivir lo que sentís después.
Lo que realmente te califica para escribir
No es el título. No es la cantidad de libros leídos. No es la edad ni los años de experiencia.
Lo que te califica es ser honesto sobre lo que sabés y lo que no sabés.
Un escritor que habla desde su experiencia real, con sus limitaciones claras, conecta más que un experto que habla desde la distancia de la autoridad. Porque la honestidad es específica. Y lo específico es humano. Y lo humano es lo que la gente busca cuando lee.
Escribir no es demostrar que lo sabés todo. Es pensar en público.
Y para pensar en público, la única voz auténtica que podés tener es la tuya.
Escribir es el proceso, no el resultado
Hay algo que descubrí tarde y que cambió cómo me siento con mis propios textos:
No escribís sobre lo que ya sabés. Escribís para saber.
El texto es la forma en que organizás lo que pensás. No es el resumen de conclusiones que ya tenés listas. Es el lugar donde llegas a esas conclusiones.
Entonces, si tenés una pregunta que te ronda hace tiempo, una observación que no te cierra, algo que viviste y no entendés del todo, eso no es una señal de que todavía no estás listo para escribirlo.
Es exactamente el material.
Lo que pasa si seguís esperando
Esto lo sé por experiencia propia y por lo que veo en muchos que quieren escribir:
El momento perfecto no llega. La sensación de “ya sé suficiente” no llega. El permiso externo no llega.
Lo que llega, si esperás demasiado, es el peso de todo lo que no escribiste.
Y eso es peor que publicar algo imperfecto.
Ya en otro post hablé de cómo escribir contenido que no suene a plantilla —y el principio es el mismo: lo que hace que un texto valga la pena no es la autoridad del que escribe. Es que suene a alguien pensando de verdad.
¿Sobre qué tema llevas meses pensando que podrías escribir, pero no te has atrevido a publicar? Escribilo en los comentarios. Solo el tema. Un renglón.
Los escritos en este blog reflejan mis experiencias personales y opiniones. No están basados en la vida de nadie en particular. Si encuentras similitudes con tu propia experiencia, es coincidencia — todos compartimos más de lo que creemos.
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