Metanoia: por qué elegí esa palabra cuando mi mente ya no podía más
Metanoia no es un nombre bonito: es un recordatorio. Cuando mi mente se quebró, lo único que me salvó fue cambiar de dirección: pedir ayuda, parar y volver a empezar desde otro lugar.
La palabra metanoia existe. Y no la elegí por estética.
Metanoia, dicho simple, es un cambio de mente. Un giro. Una reorientación. No solo “pensar positivo”, sino cambiar el rumbo desde adentro. Como cuando por fin aceptas que seguir igual ya no es opción.
Yo escogí esa palabra después de pasar por un episodio feo en mi mente. Feo de verdad. De esos que no se arreglan con frases bonitas ni con “échale ganas”. Llegó un punto en el que me di cuenta de algo que me pegó duro: yo ya no estaba viviendo, estaba sobreviviendo.
Sobrepensar, tensión, cansancio, esa sensación de andar “bien” por fuera y roto por dentro. Me empezó a costar el cuerpo. Me empezó a costar el sueño. Y cuando algo te empieza a costar la salud, ya no es “estrés normal”. Es una señal.

Ahí fue cuando tuve que hacer lo que muchas veces uno evita hasta el último momento: pedir ayuda. Psicólogo. Descanso del trabajo. Desconexión real. Y algo que también cuenta: cuidar mi salud física, como si fuera parte del tratamiento (porque lo es).
Mi opinión, sin endulzarlo: mucha gente espera tocar fondo para tomar en serio su mente. Yo no quería llegar ahí. Pero sí llegué a un borde. Y ese borde me obligó a elegir: o seguía empujando mi vida como venía… o cambiaba.
Ahí entendí por qué me gusta esta palabra.
Metanoia no es “renacer” como película. Metanoia es más humilde: es decir “alto” y moverte un grado a la derecha, aunque sea un grado. Es aceptar que hay rutas que ya no sirven, aunque te hayan funcionado años. Es aprender a soltar la idea de control total. Es cambiar tu forma de habitarte.
Una parábola que se me quedó pegada
Imagina a alguien manejando de noche. Está lloviendo. Está cansado. Y el camino se vuelve niebla. No ve bien, pero sigue, porque “ya casi”. Y sigue. Y sigue.
Hasta que en un momento entiende algo que lo salva:
No es valentía seguir a ciegas.
A veces la valentía es orillarte.
Bajar la velocidad. Encender las luces. Respirar. Esperar. Pedir indicaciones. Volver a ubicarte. Porque si sigues por orgullo, el camino no te premia. El camino solo sigue.
Metanoia, para mí, fue eso: orillarme a tiempo.
No cuento esto para dar lástima ni para “hacerme interesante”. Lo cuento porque lo necesitaba nombrar. Porque hay cosas que solo cambian cuando las dices en voz alta, aunque te tiemble la voz.
Y porque me quedó una lección sencilla:
Tu mente no se rompe por un día malo. Se rompe por sostener demasiado tiempo una vida que no estás pudiendo cargar.
Metanoia es el nombre que le puse a esa decisión: cambiar de dirección antes de perderme por completo. Volver a mí, pero con otra lógica. Con más cuidado. Con menos prisa. Con más verdad.
Si estás pasando por algo parecido, o si ya sentís que vas apretando dientes para aguantar, ojalá esto te sirva como señal: no tenés que hacerlo solo. No tenés que ganar siempre. A veces ganar es parar.
Responde sinceramente: ¿qué parte de tu vida te está pidiendo un cambio de mente… antes de que el cuerpo te obligue?
Los escritos en este blog reflejan mis experiencias personales y opiniones. No están basados en la vida de nadie en particular. Si encuentras similitudes con tu propia experiencia, es coincidencia — todos compartimos más de lo que creemos.
💬 Comentarios
Únete a la conversación
Cargando comentarios...