Empecé a leer a Marco Aurelio por aburrimiento. Terminé subrayando párrafos escritos hace dos mil años que describían con exactitud lo que me estaba pasando.

Eso me molestó un poco.

Si el problema ya estaba documentado dos milenios antes de que yo naciera, significaba que no era especial ni mi crisis era nueva. Era solo humano, haciendo lo que hacen los humanos desde siempre: quejarme de lo que no puedo cambiar.

El estoicismo tiene una idea central que parece obvia y que cuesta un horror en la práctica: hay cosas que dependen de vos y cosas que no. Y el sufrimiento, en su mayoría, viene de mezclarlas.

Marco Aurelio y el control estoico

El control dicotómico de Epicteto no promete tranquilidad ni felicidad. Promete algo más modesto: gastar tu energía en lo que sí podés mover.

El tráfico, la opinión que alguien tiene de vos, que llueva el día que tenías planes. Nada de eso está en tu lista. Lo que sí está: cómo respondés, qué hacés con lo que pasa, qué te decís mientras atravesás la situación.

Yo tardé mucho en hacer esa separación. Y pagué el precio de confundirlas.

Marco Aurelio era el hombre más poderoso del mundo romano y aun así escribía recordatorios para sí mismo sobre lo poco que controlaba. Los anotaba en sus diarios. No para publicar. Solo para no olvidarlo.

Eso me pareció honesto de una manera que pocas cosas filosóficas me parecieron.

No era un sistema para optimizar la vida. Era una forma de no romperse con lo inevitable.

Si reconocés el patrón de sobrepensar situaciones que ya no podés cambiar —ese mecanismo del que hablé en este post sobre el sobrepensar—, el estoicismo tiene algo que ofrecerte. Una herramienta, no una respuesta.

Hacé la lista. Lo que depende de vos. Lo que no. Y mirá en cuál de las dos estás poniendo tu energía esta semana.

¿Hay algo que llevás pensando hace días que, si lo mirás bien, no podés cambiar?

Los escritos en este blog reflejan mis experiencias personales y opiniones. No están basados en la vida de nadie en particular. Si encuentras similitudes con tu propia experiencia, es coincidencia — todos compartimos más de lo que creemos.