La emoción que no deberías sentir
Enojo, envidia, miedo, celos. Te enseñaron que sentir eso te hacía malo. Pero nadie te dijo qué pasa cuando esas emociones no tienen salida.
Nadie te lo dijo con esas palabras. Pero te lo enseñaron igual.
Enojarse era “estar de mal humor”. Asustarse era “ser cobarde”. Sentir envidia era casi un defecto moral. Y entonces aprendiste algo que parecía útil: no mostrar eso. Tragártelo. Disimularlo.

El problema es que esconder no es lo mismo que no sentir.
Las emociones que suprimís no desaparecen. Se quedan adentro y encuentran otras salidas: tensión en el cuerpo, irritabilidad sin causa aparente, reacciones desproporcionadas ante cosas pequeñas, o ese cansancio de fondo que no tiene nombre claro. Si te suena, podés leer más sobre eso en este post sobre el agotamiento que no se puede explicar.
Eso lo documentó muy bien Carl Jung con el concepto de sombra: todo lo que no querés ver de vos mismo no desaparece. Solo se va al fondo. Y desde ahí opera igual, aunque vos no lo notes.
La envidia, por ejemplo. Qué incómodo es admitirla.
Pero la envidia no siempre dice “quiero lo que tiene el otro para quitárselo”. A veces dice algo mucho más útil: “eso que tiene el otro es algo que yo también quiero y siento que no puedo tener.” Es más información que veneno, si la escuchás en vez de suprimirla.
La rabia tampoco es el problema. La rabia sin salida sí lo es.
Y el miedo que no nombrás no se va: se convierte en control, en evitación, en ansiedad que no sabés de dónde viene.
Psychology Today —referente en psicología de divulgación— tiene muchísimo material sobre por qué la supresión emocional termina generando más estrés, no menos. Vale explorarlo.
Hay algo que me parece importante entender sobre la regulación emocional: no es controlar lo que sentís. Es reconocerlo sin que te controle.
Cuando nombrás una emoción, la contenés.
Cuando la suprimís, te contiene a vos.
No tenés que ser perfecto en lo que sentís. No tenés que sentir solo cosas “bonitas” para ser buena persona. Tenés permiso de tener rabia, envidia, miedo, celos, culpa, lo que sea.
La diferencia no está en lo que sentís. Está en qué hacés con eso.
¿Hay alguna emoción que evitás nombrar? ¿De dónde creés que viene esa prohibición?
Los escritos en este blog reflejan mis experiencias personales y opiniones. No están basados en la vida de nadie en particular. Si encuentras similitudes con tu propia experiencia, es coincidencia — todos compartimos más de lo que creemos.
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