Tomás dibujaba mapas de lugares que nadie había visto.

No porque los inventara. Porque los recordaba.

Él no lo podía explicar bien. Era como cuando reconocés una canción que no aprendiste. Esa familiaridad sin origen. La mano se movía sola y el mapa aparecía: ciudades con nombres en idiomas que no existen, ríos que desembocan en mares que están fuera del atlas, montañas con la altura exacta anotada al margen.

Mano dibujando un mapa de lugares desconocidos

El problema era que a veces los mapas resultaban correctos.

La primera vez pasó con un mapa que dibujó de noche, en el reverso de una factura. Tres semanas después, un arqueólogo publicó un artículo sobre una ciudad prerromana encontrada debajo de lo que ahora era un estacionamiento en Lisboa. La disposición de las calles era idéntica.

Tomás no llamó al arqueólogo. Quemó el mapa.

El segundo caso fue peor: dibujó una isla que no aparecía en ninguna carta náutica. La ubicó al oeste de las Azores, con coordenadas precisas, un puerto pequeño, y una nota al margen que decía “el faro se apaga en marzo”. No supo por qué escribió eso. En marzo de ese año, tres barcos reportaron haber visto una luz al oeste de las Azores que no estaba en sus sistemas de navegación.

Dejó de dibujar. Por un tiempo.

Pero las manos no olvidaban.

Una noche, sin planearlo, abrió el cajón donde guardaba el papel y el carboncillo. Tenía una hoja en blanco adelante. Y la mano empezó.

Esta vez el mapa no tenía geografía. Tenía interiores. Habitaciones con nombres: sala del primer miedo, corredor de lo que no se dijo, cuarto del que te fuiste siendo. Al final, un umbral sin puerta que decía simplemente: aquí.

Tomás lo miró largo rato.

No lo quemó.

Lo dobló con cuidado, lo puso en un sobre sin destinatario, y lo dejó en el buzón del edificio de enfrente.

Alguien lo necesitaba.

Los escritos en este blog reflejan mis experiencias personales y opiniones. No están basados en la vida de nadie en particular. Si encuentras similitudes con tu propia experiencia, es coincidencia — todos compartimos más de lo que creemos.