Todos escuchamos el consejo alguna vez:

“El primer borrador puede ser malo.”

Lo leímos. Lo subrayamos. Dijimos “sí, tiene razón”. Y después nos sentamos a escribir intentando que no fuera tan malo.

Ahí está el problema.

Páginas escritas y tachadas sobre un escritorio

La diferencia entre saber algo y creerlo

Saber que el primer borrador puede ser imperfecto es una cosa. Creerlo de verdad —creerlo tanto como para escribir con soltura— es otra completamente diferente.

La mayoría seguimos operando así: escribimos una frase, la releemos, la ajustamos, seguimos. Escribimos otra, volvemos a la anterior, la reescribimos. Avanzamos tres líneas en veinte minutos.

A eso se le llama edición en caliente. Y es el mayor enemigo de cualquier primer borrador.

No porque editar sea malo. Sino porque tu cerebro no puede crear y criticar al mismo tiempo. Cuando editás mientras escribís, el editor apaga al creador. Y quedás dando vueltas en las mismas tres frases durante horas.

Lo que “borrador malo” significa de verdad

No significa “un poco imperfecto con algunas ideas crudas”.

Significa: frases incompletas, ideas contradictorias, párrafos que van a ningún lado, palabras repetidas, cosas que no tienen sentido todavía, cosas que te darían vergüenza enseñarle a alguien.

Eso es un primer borrador real.

Hay una técnica que en inglés se llama vomit draft —o borrador vómito— y el nombre es intencional. No es poético. Es descriptivo. Sacás todo afuera, sin filtro, sin orden, sin cuidado. Porque lo que necesitás primero es materia prima. La forma viene después.

Por qué no lo hacemos

Hay una razón psicológica bastante simple: escribir mal se siente como fracasar.

No cognitivamente. Lo sabemos en teoría. Pero en la práctica, producir algo malo activa la misma incomodidad que cualquier otro error. Y el cerebro lo evita.

La solución no es convencerte de que no te importa. Es darte permiso explícito de que esto específico, este texto, en este momento, va a ser malo.

No “puede que no quede perfecto”. Malo. A propósito.

Cuando la mediocridad es el objetivo del borrador, el crítico interno no tiene nada que defender. Cumpliste la meta.

Un ejercicio que funciona

Ponés un cronómetro en 15 minutos.

Escribís sobre lo que querés escribir. Sin parar. Sin releer. Sin borrar. Si perdés el hilo, escribís “perdí el hilo pero sigo” y continuás.

Al terminar, no leas lo que escribiste todavía. Guardalo y cerralo. Volvé en una hora o mañana.

Cuando lo releas con distancia, vas a encontrar —entre todo el desorden— una o dos frases que valen algo. Una idea que no sabías que tenías. Una vuelta que funciona.

Eso es el material de tu texto real. No lo podrías haber encontrado sin el ruido que lo rodeaba.

Lo que cambia cuando lo internalizás de verdad

Escribir deja de ser difícil de la misma manera.

Sigue siendo trabajo. Pero ya no es la parálisis de quien espera que la primera frase suene bien. Es el movimiento un poco torpe de quien sabe que después viene la revisión, y que la revisión tiene lo suyo.

Dos momentos distintos. Dos modos distintos. Mucho menos fricción.

Si ya llegaste al punto de tener algo escrito —aunque sea horrible— el siguiente paso es saber qué hacer con ese texto. Sobre eso escribí en este post sobre la diferencia entre leer sobre escritura y realmente escribir.


¿Intentaste alguna vez escribir sin parar sin corregir? ¿Qué pasó? ¿O sos de los que releen cada frase antes de continuar?

Los escritos en este blog reflejan mis experiencias personales y opiniones. No están basados en la vida de nadie en particular. Si encuentras similitudes con tu propia experiencia, es coincidencia — todos compartimos más de lo que creemos.