Si alguien te preguntara qué hiciste el martes de hace tres semanas, ¿podrías contarlo?

No en detalle. Solo lo básico.

La mayoría de la gente no puede. Y no es falta de memoria. Es que ese martes no pasó nada distinto al lunes ni al miércoles. Fue un día más en una fila de días que se parecen tanto que la mente los archiva juntos, o directamente no los archiva.

Persona mirando la ventana en una tarde cualquiera

El piloto automático no es malo de entrada. El cerebro lo usa para tareas repetitivas y libera recursos para lo que importa. El problema es cuando ese piloto empieza a manejar también lo que debería importarte: tus conversaciones, tus comidas, tus tardes, tu presencia en el lugar donde estás.

Empezás a “estar” sin estar. Respondés, cumplís, llegás a tiempo. Pero no estás ahí de verdad.

Lo curioso es que nadie lo nota desde afuera. Seguís funcionando. El mundo sigue. Y vos seguís acumulando martes que no recordarás.

Esto lo noto en mí mismo más seguido de lo que me gusta admitir. Hay días donde hago todo bien —laburo, cocino, duermo— y al final de la noche tengo la sensación de que no viví nada. Que fui un personaje yendo de escena en escena sin que le importe el argumento.

El mindfulness apunta a algo de esto, aunque la palabra ya suene gastada. La diferencia entre cruzar el día y vivir el día.

No te pido que medites cuarenta minutos. Te pido que esta noche puedas recordar algo concreto que pasó hoy. Un momento. Una conversación. Algo que viste.

Si podés, bien. Si no podés, eso también dice algo.

Y si el cansancio de fondo ya es cosa de todos los días, puede que haya algo más que vale la pena mirar —como lo que escribí en este post sobre el agotamiento emocional.

¿En qué momento del día estás más presente? ¿Y en cuál estás más ausente?

Los escritos en este blog reflejan mis experiencias personales y opiniones. No están basados en la vida de nadie en particular. Si encuentras similitudes con tu propia experiencia, es coincidencia — todos compartimos más de lo que creemos.