Hay un tipo de cansancio que no aparece en análisis de sangre.

No estás enfermo. No estás en cama. Seguís respondiendo mensajes, llegando a tiempo, cumpliendo con todo. Pero por dentro hay algo que se fue apagando poco a poco y ya no sabés exactamente cuándo empezó.

Persona agotada mirando al vacío

Eso tiene nombre: agotamiento emocional. Y muchas personas nunca lo identifican así porque desde afuera siguen funcionando perfectamente.

El problema es ese: que podés seguir funcionando aunque ya no tenés nada adentro.

Y el cuerpo sí lo sabe. El sueño no descansa igual. La comida ya no tiene el mismo sabor. Las cosas que antes te emocionaban ahora las hacés porque toca. Hay una palabra para eso: anhedonia.

Y aun así, seguís.

Porque parar se siente como rendirse. Porque hay gente que depende de vos. Porque “otros tienen problemas peores”. Porque si te quejás, te sentís exagerado.

El cortisol no distingue entre estrés evidente y estrés que aguantás en silencio. Lo que para vos es solo aguantar, para tu sistema nervioso es una amenaza constante. Acumulada. Sin pausa.

Escuché a alguien decir algo que me quedó:

“No me rompí de golpe. Hice silencio tanto tiempo que me olvidé de cómo sonar.”

Si reconocés algo de eso en vos, no es debilidad. Es señal.

No tenés que colapsar para tomarte en serio. No tenés que tocar fondo para parar. No tenés que justificar tu agotamiento con una tragedia.

Verywell Mind —una de las referencias más completas en salud mental en internet— documenta muy bien cómo el agotamiento silencioso afecta el cuerpo antes de que uno lo detecte. Es un buen punto de partida si querés entender qué está pasando.

Y si el patrón viene de hace tiempo —de siempre estar disponible, de sentir que tenés que ser útil para merecer tu lugar— tal vez reconocés algo de lo que escribí en este post sobre aprender a ayudar sin sacrificarte.

A veces el primer acto de cuidado es nombrarlo. Aunque no lo entiendas del todo. Aunque no sepás qué sigue.

¿Cuándo fue la última vez que descansaste de verdad, sin culpa?

Los escritos en este blog reflejan mis experiencias personales y opiniones. No están basados en la vida de nadie en particular. Si encuentras similitudes con tu propia experiencia, es coincidencia — todos compartimos más de lo que creemos.