A veces siento que valgo únicamente cuando soy útil en algo.

Cuando resuelvo, cuando soy necesario, cuando cargo cosas que no son mías, pero como si fueran.

Preocupado trabajando

Hombre respondiendo mensajes ajenos, notificaciones acumuladas. Es porque me gusta ayudar sin esperar nada a cambio, pero me cansa porque lo convierto en un sistema de merecimiento.

Si soy útil, me aceptan.

Si sostengo, no me abandonan.

Si doy, tengo lugar.

Y eso funciona… hasta que te quedas sin energía.

Porque nadie puede ser indispensable sin pagarlo.

Te vuelves el que siempre está.

El que siempre entiende.

El que siempre puede.

Y poco a poco te conviertes en una herramienta con sentimientos.

Lo duro es que el cuerpo te avisa, pero tú no escuchas.

Cansancio. Irritabilidad. Anhedonia. Falta de ganas.

Y aún así sigues, porque parar se siente como traición a tu identidad.

Hoy intento algo simple y difícil:

Ser útil por elección, no por miedo.

Ayudar sin sacrificio automático.

Decir “no” sin justificarme con culpa.

Recordarme que mi valor no es un servicio.

Es un hecho.

Y que merecer no debería depender de cuánto aguanto.